Las vicisitudes llenaron de tristeza a Leandro Díaz, quien nació el lunes 20 de febrero de 1928.
Algo que impactó durante la larga charla, matizada de manera natural con sorbos de agua que tomaba lentamente, fue cuando la memoria se conectó directamente con su corazón y contó: “En cierta ocasión lloraba tanto que las lágrimas me corrían por las mejillas, y puse mi mano en la barbilla para contarlas”. La historia reseña que el hombre que se convertiría en juglar nació una mañana serena, cuando la brisa de la primavera estaba por llegar. En fin, su vida quedó enmarcada en versos precisos, de esos que tienen el remedio para olvidar, amar y poner a Dios en primer lugar. Ya la poesía, las flores, los cantos y los detalles pasaron a segundo plano, sin pensar que lo bello de enamorar tiene su encanto”. Esa vez lloré de alegría cuando me la cantó al lado del acordeonero Nicolás ‘Colacho’ Mendoza”. Comenzó con la frase que fue definitiva, la misma que le tiñó el corazón de esperanza alrededor de las soledades del destino. Las horas de tristeza, los años y los días varias noches inquietas de dolor y de agonía. “Del otoño aprendí que las hojas se caen, pero el árbol sigue en pie”. Ese día el maestro Leandro Díaz hizo un amplio repaso de las primeras etapas de su vida donde las tristezas, las agonías y las soledades lo hacían llorar frecuentemente. Esa mañana, en el lobby del hotel, en medio de saludos y fotos de los que llegaban y salían, Leandro Díaz se desahogó. Todo sucedió cuando su hijo Ivo Luis Díaz dejó al cronista cuidando a su papá, mientras realizaba unas diligencias que tuvieron una duración aproximada de tres horas y media. La mañana del viernes 11 de marzo del año 2011 en Bogotá no fue una mañana cualquiera.