La muerte de la reina Isabel II, apenas unos meses después de su esposo, dejó claro que aún con sus pecados y sus excesos, su vínculo con su compañero de ...
El también sobrino nieto de Alexandra, última zarina de Rusia, murió además como un hombre práctico, símbolo de una generación estoica, devota del deber, que atravesó desastres como la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, en la cual combatió. Los conocedores más profundos de la realeza afirman unánimemente que el matrimonio real, que cumplió 73 años en 2020, era sólido. Cuando se reconciliaron, dieron paso a lo que se conoce como “la segunda familia de la reina”. [Su padre accedió y la boda se celebró el 20 de noviembre de 1947 en la abadía de Westminster, con todo el lujo, pese a la miseria de la posguerra. Si ella no es una gran conversadora, él era el alma de la fiesta y ese encanto alivianaba la situación en sus múltiples visitas a lugares lejanos o en sus encuentros con todos aquellos que han hecho historia en el último siglo. Mientras tanto, el jefe del hogar sería él, y como tal fue el encargado de la educación de los príncipes. Un sonado rifirrafe entre la pareja se dio cuando la reina se negó a cambiar el apellido de la casa real, Windsor, por Mountbatten (equivalente en inglés del alemán Battenberg) de su marido. Ella era solo la duquesa de Edimburgo, por el título que el rey George le dio a su marido, y se comportaba como una esposa más de los oficiales. Por eso, el rey Jorge VI y su esposa Elizabeth, sus futuros suegros, no lo querían; aunque, como el resto de su parentela (toda la realeza de Europa), sentían compasión por su triste historia. Las cosas mejoraron un poco cuando quedó a cargo de su ambicioso tío Louis Montbatten, el tío Dickie, último virrey de la India, quien le hizo propaganda con el rey Jorge VI de Inglaterra para que le diera la mano de su heredera, Isabel, prima tercera de Felipe por la reina Victoria, segunda por el rey Christian IX de Dinamarca y cuarta por George III. Ese día, el príncipe de Grecia y Dinamarca la impresionó con sus destrezas atléticas y buen humor. El guapo príncipe, que parecía eterno y a los 90 años caminaba rápido y erguido como el militar que siempre fue, exhaló su último suspiro justo cuando la familia real sufría una de sus peores crisis por los escándalos de su hijo Andrés y su nieto Harry.